¿Aprender para traducir o traducir para aprender?

Artículo escrito por Paco Sanz Irisarri y corregido por Saray Núñez e Isabel Sáez García.

En un mercado profesional de la traducción cada vez más competitivo, la experiencia se erige como uno de los factores claves a la hora de marcar la diferencia. Es por ello conveniente ser conscientes de su importancia y buscar formas de adquirirla.

Malcolm Gladwell decía en su obra Outliers que se necesitan 10 000 horas para dominar una especialidad y llegar a ser un experto. Se trata de una declaración que, según algunos estudios, no es totalmente cierta, ya que de ser así, puede parecer que cualquiera podría aspirar a ser un experto en fútbol y jugar en primera división. A fin de cuentas, no hay que olvidar que en el camino hacia el éxito siempre se unen a la práctica otros factores como el talento. Pero la práctica es, sin duda, uno de los factores más importantes y que mejor se pueden trabajar, tanto si somos estudiantes como profesionales ya graduados.

La práctica es para el traductor lo que el martillo es para el herrero. Podemos tener un buen yunque y acero, lo que vendrían a ser una buena base y motivación para desempeñar nuestra profesión, pero sin una buena práctica que les dé forma, no lograremos esa experiencia y formación que marca la diferencia y que realmente consagra a un traductor como un profesional que aspira a ser un experto. La razón es obvia: a mayor experiencia, mejor será la capacidad de un traductor para afrontar problemas, hallar soluciones, ser eficaz, ser eficiente (una exigencia siempre presente en los clientes) y un sinfín de habilidades que confieren al traductor ese statu quo de profesional siempre en forma y preparado ante cualquier encargo.

Existen numerosas formas de potenciar la práctica y, por ende, la experiencia durante nuestra formación y trayectoria como profesionales. No podemos depender exclusivamente de nuestra formación académica, ya que resulta imposible que esta proporcione toda la experiencia necesaria. Es por ello que, como estudiantes, deberíamos intentar ir más allá de lo que nuestra carrera nos pueda ofrecer, ya que no aprendemos a traducir, sino que traducimos para aprender. A continuación, os presento algunas formas de fomentar nuestra práctica y experiencia al margen de nuestra formación académica.

  • Trabajar nuestras lenguas de trabajo. Nuestra lengua A será seguramente la lengua con la que más trabajaremos en traducción y, por ello, es importante asegurarse de que ofrecemos nuestra mejor versión de ella. También es necesario mantener nuestra lengua B en buena forma, ya que aumenta nuestro valor como traductores y nos permite agilizar nuestra forma de trabajo. ¿Cómo trabajar nuestras lenguas de trabajo? Algunas formas muy útiles son fomentar la lectura tanto en lengua A como en lengua B: periódicos, relatos, artículos de opinión, novelas, ensayos, etc. De esta forma, no solo mejoraremos nuestra capacidad de leer, analizar y retener información, sino que ampliaremos nuestro léxico y conocimiento del uso de la lengua, por no mencionar que lograremos estar al tanto e informados de la actualidad. Un truco para agradeceros haber leído hasta aquí: a veces las interfaces de las páginas webs no son las ideales para leer cómodamente (debido a fotos, anuncios, vídeos, etc.), por lo que os recomiendo que uséis la extensión de Google Chrome Just Read, con la que podréis leer cómodamente cualquier página web con un solo clic. También es de gran utilidad mantener un buen nivel de comprensión, por lo que ver y escuchar contenido en versión original es siempre bien recibido.

Otra forma de trabajar nuestras lenguas, y de una forma bastante creativa, es escribir y desarrollar nuestra capacidad de redacción, bien en lengua A o B. ¿Por qué no crear un blog y subir contenido de temas que nos interesen? O escribir simplemente para uno mismo por amor al arte y dejar que nuestras ideas fluyan y den forma a palabras.

  • Fomentar la práctica de traducción. Como he mencionado antes, la experiencia adquirida es clave en el largo camino del futuro traductor profesional. Por lo tanto, debemos aprovechar todas las oportunidades que se nos puedan presentar. Por ejemplo, las universidades que ofertan un Grado en Traducción e Interpretación suelen ofrecer prácticas en empresas gracias a convenios. Participar en estas prácticas no solo nos premiará con créditos, sino con algo más valioso: experiencia en el campo laboral y práctica en traducción. Si esta opción no es de nuestro agrado o simplemente queremos todavía más práctica, podemos ejercer como traductores voluntarios para organizaciones como Translators without Borders. Considero que este tipo de experiencias son valiosas por muchos motivos, no solo tendremos señas de identidad para nuestro CV, sino que tendremos una oportunidad de conocernos a nosotros mismos y explorar nuestra propia metodología, gustos y temáticas que más nos agradan, algo clave en la búsqueda de una especialización. Otra opción más libre, pero no por ello menos valiosa, puede ser traducir por nuestra propia cuenta contenido que nos guste o intentar traducir algún fragmento de películas o series que nos encantan. ¿Por qué no intentar traducir ese poema o relato que tanto nos gustó?

En resumen, la experiencia es para el traductor un recurso que no tiene precio y que siempre debería intentar fomentar. Si además conseguimos establecer hábitos diarios para fomentar la práctica y la experiencia, más que mejor. Para acabar, os dejo una cita de Andrew Carnegie, «El precio de la perfección es la práctica constante».