Trujamanes con smartphones; educados al calor de un folio. ¿Tecnofobia en la traducción?

Artículo escrito por Rubén Benítez Bravo y corregido por  Valeria Riaza Gómez.

Vivimos tiempos extraños. Los estudiantes universitarios van a las facultades de traducción cargando con móviles y portátiles que cuentan con un procesador potente pero que por desgracia están bastante desaprovechados, teniendo en cuenta que estos últimos podrían aumentar (y mucho) su productividad como futuros traductores. Por algún motivo algunas veces el uso de ordenadores, internet y herramientas especializadas está un poco dejado de lado en las facultades de traducción. En general, existe cierta aversión por las nuevas tecnologías. En las clases se podría alimentar esa hambre por renovarse constantemente en una época en la que a menudo hay que aprender algo nuevo para no estancarse.

No puedo hablar por todas las facultades de España, eso queda relegado a los estudiantes si quieren contar su experiencia en el lugar donde estudiaron. En mi alma mater, una de las mejores universidades según las estadísticas, la situación no es la mejor.

Desde el segundo semestre del primer curso los estudiantes empiezan a traducir con regularidad para las clases de traducción de la lengua B. ¿Y cómo lo hacen? Por lo general sobre un procesador de textos. Incluso existen profesores que todavía piden traducciones en papel, y manuscritas, porque temen que los alumnos hagan trampas gracias a las tecnologías. No obstante, estos podrían seguir utilizando lo que quisieran y después copiar la versión final a mano. Entiendo que serían clases de traducción editorial, pero ello no representa el único escenario susceptible de ocurrir en la actualidad para un traductor.

Hay quien defiende que los alumnos no hagamos uso de los ordenadores porque se trata de una carrera de letras, y no de ciencias. En consecuencia, hay estudiantes que acaban recién graduados sin saber lo que es una memoria de traducción, una base terminológica, y que rara vez habrán usado Trados o Memsource en clase.

Sí, existen asignaturas relacionadas con la informática, al menos una por curso. ¿Y es esto suficiente? Más importante aún: ¿De qué sirven si luego los alumnos no aplican esas herramientas en el resto de asignaturas de traducción? Creo que los profesores deberían ofrecer textos y recursos realistas que se ajusten a cómo se trabaja en la industria hoy en día. Puede que cada persona tenga sus preferencias personales, pero hay un camino básico que más docentes deberían animar a los alumnos a seguir. Algo tan básico y esencial como comprender la lengua origen y dominar con destreza y fluidez la lengua meta: utilizar la tecnología a nuestro favor. También es cierto que hay profesores que se preocupan de que sus alumnos adquieran hábitos que se traduzcan en buenas competencias. No es mi intención hacer sangre.

Entiendo que dependiendo de la especialidad de la traducción el profesorado adapta su forma de trabajar a partir de lo que ha visto durante su vida profesional. No obstante, el panorama cambia, y lamentándolo mucho las clases pueden presentar formas de trabajo obsoletas que minen los ánimos y la motivación del alumnado. Podrían, por ejemplo, aplicar las tecnologías de la traducción para las clases de traducción médica, jurídica o técnica. Por no hablar de ofrecer especializaciones separadas para la localización y la subtitulación, dos grandes olvidadas en el caso de muchas facultades.

Internet es el presente, y no hay traductor que no lo utilice para consultar dudas en diccionarios online o corpus, buscar glosarios, textos paralelos, etc. ¿Sabían que se puede adjuntar un diccionario online en una herramienta TAO de modo que comparta pantalla con el texto que se esté traduciendo sin recurrir a tener dos monitores o hacer malabarismos con las ventanas? Respecto a los clientes que envían glosarios, estos se pueden integrar y que el ordenador sustituya los términos del glosario en la lengua origen por sus equivalentes en la lengua meta de forma automática en el texto meta. Aparte del corrector ortográfico, es muy útil que un programa detecte cuándo un término se ha traducido sin seguir el glosario, si hay dobles espacios, un punto y final ausente y demás errores comunes. O que avise al usuario de que se ha saltado un párrafo, que a veces por despiste puede ocurrir. Y si hay un problema con el formato y nuestro procesador no puede abrir el archivo, ¿qué haríamos? Hay varias formas de solucionar esto, entre ellas ir a esa pantalla negra con letras grises que recuerda a los ordenadores de los 80.

Además, tener una copia de seguridad sería de gran ayuda por lo que pudiera pasar, lo que se puede conseguir con una memoria de traducción. Y si algún docente tuviera la idea de enviar textos extensos a los alumnos para darle más realismo a las clases, textos con muchas repeticiones eso sí, ¿no estaría bien poder reaprovechar la parte que ya se ha traducido para ahorrar tiempo? De este modo podrían acabar las traducciones de más de mil palabras en poco tiempo.

Todos estos percances se pueden solventar con una herramienta TAO (traducción asistida por ordenador), los recursos que aprovecha y unos pocos conocimientos informáticos. O con otros programas especializados que rebosan utilidad. Solo hace falta dar a conocer estas herramientas.

Cada vez se van introduciendo más cambios en la enseñanza y desde el segundo o tercer curso los estudiantes van utilizando las herramientas TAO en muchos casos. Tal vez gracias a que el personal está compuesto por profesores que utilizan memoQ u OmegaT con maestría. Tener que aprender a usar esas herramientas después de la carrera es casi como volver a aprender a traducir y para algunos profesores les es muy duro, por lo que entiendo que se ciñan a Word y poco más. Definitivamente, en cualquier caso, los estudiantes necesitamos tiempo para aprender de forma autodidacta.

Solo para que quede claro, las herramientas TAO ni son difíciles de utilizar, ni son caras, ni se trabaja peor con ellas. Porque las herramientas son un apoyo, una ayuda para mantener la consistencia, la cohesión y la coherencia del texto, para trabajar mejor en menos tiempo y ser personas productivas y eficientes.

La mayoría de las herramientas TAO tienen un diseño simple y aprender a usarlas es muy intuitivo; una mera cuestión de un poco de práctica. Las universidades suelen comprar licencias, de modo que los alumnos las pueden utilizar desde allí. Y las hay gratuitas, como las de software de código abierto, por ejemplo OmegaT, una herramienta muy conocida y que acepta multitud de idiomas y formatos.

A modo de conclusión, quisiera resaltar, ya que siempre hay gente despistada, que la traducción asistida por ordenador no consiste en que la máquina traduzca por sí sola: esas personas se están refiriendo a la traducción automática, que también tiene sus ventajas si se usa para los fines apropiados, nunca como sustituto del talento humano. Se trata de animar a los alumnos a ser personas trabajadoras, productivas y optimistas, a demostrarles con hechos lo que pueden hacer. Ya hay múltiples clases que enseñan a adaptar bien el mensaje, a tener en cuenta el contexto y a buscar bien las referencias. Considero que hay una carencia de enseñar un método que haga que todos esos conocimientos hayan valido la pena y sacarles todo el jugo.

Este servidor opina que San Jerónimo, de haber podido, habría utilizado funciones como la pretraducción de repeticiones y el control de calidad. Y me atrevería a decir que con Biblias sin errores de traducción se habrían evitado guerras.