Ver «casi lo mismo»

Artículo escrito por Mónica Jáñez Chaguaceda y revisado por María Garretas Álvarez.

La mirada que posamos sobre todo aquello que nos rodea es lo que le dota de un verdadero significado.

Abro el mapa de una ciudad extranjera todavía desconocida y veo líneas que convergen en diferentes direcciones con un aparente sentido, una lógica que se intuye en la coexistencia de unas encrucijadas y no de otras. Tengo que darle unas cuantas vueltas a mi móvil antes de orientarme y, aun así, a la primera esquina que giro vuelvo a estar perdida. (¿Es esto acaso la hostilidad de lo desconocido?) La persona que camina a mi lado me va girando el plano con una paciencia inaudita, se le ha concedido un sentido del espacio del que yo carezco. Yo me deleito con la belleza que captan mis ojos basada en todas las ciudades que he visto antes (bastantes) y lo que sé de arquitectura y arte (bastante poco); él ve las vigas de madera en el techo, los salientes que se forman en las esquinas de los edificios, la edad de su estructura, el paso del tiempo en las fachadas. Él sabe decir al instante por qué una casa le resulta atractiva a la vista y por qué no, yo me tengo que parar a mirar y reflexionar. Me cuesta encontrar una respuesta que no sea «porque siento algo cuando la observo». Inevitablemente vemos las mismas cosas de forma absolutamente diversa.

John Berger habló a finales de la década de 1950 de las cinco maneras de observar un árbol (por un filósofo, un ingeniero, un poeta, un enamorado y un pintor), explicando cómo la perspectiva que elegimos modifica directamente la cosa mirada y crea una relación única entre nosotros y el mundo. En 1972, en sus cuatro episodios de Ways of Seeing (disponible en Youtube), Berger muestra la fuerza que tiene todo lo que nos rodea y todo por lo que estamos influenciados en la forma de entender una obra de arte: “Everything around it confirms and consolidates its meaning”.

Pero ¿qué tiene que ver esto con la traducción?

Escribir y, por extensión, traducir, es crear imágenes que solo pueden comprenderse en su contexto. Miento: que tienen una interpretación diferente dependiendo del contexto. ¿Que pueden visualizarse de manera distinta dependiendo del contexto? Que tienen tantos modos de existir como contextos en los que puedan aparecer. Eso es. ¡El contexto, el contexto! No me apetece ni es mi intención ponerme académica con este texto, pero nunca está de más recordar lo esencial:

https://www.sinoele.org/images/Revista/20/Monografico_AAH_2013/SinoELE_20_2020_AAH_2013_V_Xu.pdf

Traducir me ha enseñado a mirar. A mirar más allá, más lejos, más profundo. A observar cada frase como si cada una fuese un ente independiente, pero a la vez parte de algo mucho más grande. A pensar en cómo desdibujar y después pintar casi lo mismo en otro papel. A unir y desunir letras, expresiones, figuras retóricas. A encontrarle veinte sinónimos a una palabra y continuar mordiéndome el labio y chasqueando la lengua porque sigue sin ser el término deseado. A pasarme horas rumiando una frase que no termina de hacer clic, a tomar decisiones e intentar no arrepentirme nueve de cada diez veces por elegir una opción y no la otra. A escribir.

Javier Marías ya lo dijo en una conferencia: «Cuando un joven escritor me pregunta si tengo algún consejo que darle a la hora de abordar su incipiente carrera (…), si tiene la posibilidad de conocer una segunda lengua, le recomiendo traducir, traducir y traducir cuanto pueda».

Traducir me ha enseñado a redescubrir mi propio idioma mientras me sumergía cada vez más y más dentro de los rasgos inherentes de los otros. Me acuerdo de aquella frase de Walter Benjamin: «La traducción sirve para poner de relieve la íntima relación que guardan los idiomas entre sí». Hay algo mágico en jugar con las estructuras de una lengua ajena e ir probando, fallando por el uso de una lógica que no se sostiene por seguir un orden diferente al ya asentado en tu cabeza, por contener sus irregularidades idiosincráticas. Hay algo excepcional en ser partícipe de ese ensayo y error y tropezar con el segundo muchas más veces de las deseadas hasta que lo correcto suene natural, intrínseco, dado por hecho; llegar al «no sé por qué es así, solo sé que lo es».

No son pocos los escritores que han renunciado (voluntariamente o no, total o parcialmente) a su lengua materna para escribir en la aprendida: Vladimir Nabokov, Agota Kristof, Nancy Huston, Joseph Conrad, Samuel Beckett… Emil Cioran dijo eso de «si el idioma es el límite que confiere una identidad en el orden del espíritu, abandonarlo significa darse otro límite (finis), por lo tanto, otra definición; en una palabra, cambiar de identidad». Akira Mizubayashi se enamoró del francés y, como él mismo dice en Une langue venue d’ailleurs, «el japonés perdió su carácter de lengua de origen y comencé a sentirme un extranjero al hablar mi propia lengua».

(¿Podemos hablar en estos casos de una traducción constante y casi involuntaria?, ¿no es al final siempre escribir, hablar, comunicarse en una lengua extranjera una traducción instintiva, falsamente espontánea? Como la frase esa que ronda por ahí que dice que ojalá conozcas a alguien que hable tu misma lengua para no pasarte la vida entera traduciendo tu alma.)

Entonces… ¿necesitamos traducciones? ¿El mundo necesita traducciones? Kate Briggs responde a esta pregunta mejor de lo que yo podría hacerlo jamás en Este pequeño arte: «Es a través de las traducciones como somos capaces de acceder a las literaturas escritas en los idiomas que no leemos o no sabemos leer, de los lugares donde no vivimos o no podemos vivir; nos ofrecen una posibilidad de comprender, además de la necesaria e instructiva experiencia de no comprenderlas, de quedar confusos y verse desafiados por ellas». O sea, que sí. Rotundamente sí.

Feliz día de la traducción a todos aquellos que a diario siguen tendiendo puentes entre culturas, a todos los que esperan en un futuro cercano hacerlo, a todos los que acaban de descubrir este pequeño gran mundo, este pequeño gran arte. ¡Feliz día de la lengua de Europa a todos los enamorados de ella!